«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..

 

 

—Físicamente están bien —concedió—. Pero la situación moral es inaceptable. La señorita Aguilar tiene 48 horas para irse. Si no, los niños irán al orfanato de la iglesia mientras se decide su custodia.

El juez se fue dejando el aire apestando a amenaza.

Esa noche Rocío empacó su maletita. Santiago entró y la encontró doblando su único vestido bueno.

—¿Qué estás haciendo?

—Salvando a tus hijos.

—No. Nos quedamos y peleamos.

Rocío lo miró con los ojos ardiendo.

—¿Y si perdemos? ¿Los mandan al orfanato por mi culpa? No. Yo me voy.

Santiago le agarró la mano con desesperación.

—Te amo.

Las palabras salieron roncas, como si le dolieran.

—No sé cuándo pasó, pero… te amo. Y ellos te aman. Ya no eres una empleada, Rocío. Eres… nuestra.

Rocío lloró.

—Por eso tengo que irme. Porque yo también los amo demasiado.

Antes del amanecer intentó salir, pero Emilia la descubrió. Luego Tomás. Luego Lupita. Los tres se le colgaron llorando.

—¡No te vayas, mamá Rocío! —sollozó Lupita.

Santiago, con el corazón hecho trizas, entendió algo: rendirse era otra forma de abandonar.

—Hay otra manera —dijo Rocío, con la voz rota—. Hacemos que el pueblo escuche.

 

 

 

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