La niña la miró con esos ojos viejos.
—¿Por qué lo harías tú?
Rocío no adornó la respuesta.
—Porque tú también mereces que te cuiden.
Algo tembló en la cara de Emilia. No se rompió, pero se movió.
Esa tarde Emilia llegó a la cocina.
—A Tomás le gustan los huevos revueltos… pero no aguados. A mí me salen feos.
Rocío sonrió, como si Emilia le hubiera dado un regalo.
—Enséñame.
Y por primera vez Emilia sonrió también. Chiquito. Inseguro. Real.
El vínculo se selló días después, cuando Lupita no quiso dormir sin trenzas.
—Mamá se las hacía —dijo Emilia, con la voz quebrada.
—¿Me enseñas cómo?
Se sentaron en el porche. Emilia guio las manos de Rocío por el patrón.
—Mamá cantaba mientras apretaba —susurró.
—¿Qué cantaba?
Emilia cantó bajito una canción sobre estrellitas. Se le rompió la voz a la mitad. Rocío tarareó donde no supo la letra, y Emilia siguió. Cuando terminaron la trenza, Lupita abrazó a Rocío… y luego, dudosa, abrazó también a Emilia.
—Extraño a mamá —dijo Lupita.