Un hombre que prefería el silencio, pero cuyas pocas palabras tenían el peso de rocas. Un hombre que le había prometido seguridad con una certeza que el helaba la sangre. Mientras se hundía de nuevo en el sueño, ya se dio cuenta de que su huida no había terminado, simplemente había cambiado de dirección. Había huído de un peligro conocido hacia un futuro completamente incierto, un futuro que ahora estaba inexplicablemente ligado a un hombre llamado Cael, el solitario rey de un rancho polvoriento al que llamaba la espina solitaria y se preguntó si el nombre del rancho era una advertencia o una descripción de su dueño.
Los días que siguieron se convirtieron en una rutina lenta y silenciosa. Él se convirtió en una presencia constante, pero distante en la vida de Lia. Cada mañana le dejaba una bandeja con comida y una infusión humeante en la entrada del granero. Por la tarde regresaba para revisar su herida, cambiando el vendaje con una eficiencia que ya no la asustaba. Sus manos, que al principio le habían parecido brutales, ahora le resultaban increíblemente seguras. Notaba como a pesar de su actitud clínica, siempre tenía cuidado de no causarle más dolor del necesario.
Lea pasaba las largas horas de soledad observando la vida del rancho a través de las rendijas. Veía a Cael trabajar con una energía incansable. Lo veía domar a su semental negro, Ximena una bestia magnífica que solo parecía obedecer a su dueño. Hablaban el mismo idioma, uno de fuerza y respeto mutuo. Lo veía reparar herramientas, acarrear agua y patrullar los límites de su tierra, siempre con un rifle a mano. Se dio cuenta de que no solo vivía en esa tierra, sino que era parte de ella, tan indomable y resistente como los cactus que la salpicaban.
El silencio entre ellos comenzó a pesarle. Ella estaba acostumbrada al bullicio de su casa, a las conversaciones, aunque superficiales, con su familia. El silencio de Cael era como un muro. Un día, cuando él vino a cambiarle el vendaje, ella decidió intentar derribarlo. “¿Hablas con tu caballo más de lo que hablas conmigo?”, preguntó tratando de que su tono sonara ligero. Cael se detuvo, el trapo limpio a medio camino de su pierna. Levantó la vista y la miró. Sus ojos grises eran serios.
“Diablo se queja menos”, respondió él y por un segundo ya pensó que había visto un destello de humor en su mirada. Y sus preguntas son más sencillas. Generalmente se limitan a manzanas o avena. La respuesta la sorprendió tanto que soltó una pequeña risa. El sonido pareció extraño en el aire quieto del granero. Cael la observó y una arruga casi imperceptible se formó entre sus cejas como si estuviera escuchando un sonido que había olvidado que existía. “No quise, no quise ser una molestia”, dijo ella de repente avergonzada.