—Hablé con la comisión —anunció—. Después de lo de hoy, no van a volver a marcar a Zeus como “agresivo”. Está autorizado.
Eduardo contuvo el aliento.
—¿Autorizado… para qué?
Arnaldo miró a Clara, luego al corral, y después de nuevo al padre.
—Para irse con ustedes —dijo, abriendo una sonrisa lenta—. Si aceptan, claro.
Los ojos de Clara se iluminaron.
—¿Zeus viene a casa? —preguntó, casi sin aire.
Zeus, dentro del corral, levantó las orejas, como si hubiese entendido.
—Separarlos los rompería a los dos otra vez —continuó Arnaldo—. Y no pienso repetir el mismo error.
Eduardo miró a su hija, tan pequeña y tan segura cuando hablaba de aquel animal enorme. Miró a Zeus, que no quitaba los ojos de ella ni un segundo. Y entendió que la verdadera pregunta no era si ellos aceptaban a Zeus.
Era si Zeus los había elegido como familia.
Clara no esperó respuesta. Corrió hacia el portón. Arnaldo abrió el candado con cuidado, casi con respeto. Zeus salió cojeando un poco, pero firme. Ella le lanzó los brazos al cuello. El perro apoyó la frente en su pecho, en un abrazo torpe y perfecto.