—Nos dijeron que ya no… ya no éramos de aquí —susurró, y la frase sonó ensayada, como si alguien se la hubiera repetido hasta convertirla en verdad.
Julián sintió que la sangre le subía a las sienes, porque nadie le dice eso a una niña si no tiene una intención.
— ¿Quién les dijo eso? —insistió, conteniendo la rabia como se contiene un incendio con las manos.
Camila miró hacia la esquina, y ese movimiento mínimo lo señaló todo.
En la sombra de un coche estacionado, había una figura vigilando, un hombre con chaqueta oscura, demasiado tranquilo para ser casual.
Cuando Julián miró directamente, el hombre se dio media vuelta, rápido, como si su trabajo fuera observar sin ser reconocido.
Julián se puso de pie de golpe, y el mundo volvió a tener sonido: el tráfico lejano, un perro ladrando, su propia respiración pesada.
—Suban al coche —ordenó con voz baja, firme, y las niñas dudaron un segundo antes de obedecer, porque el miedo les había enseñado a desconfiar de todo, incluso del padre.
Las envolvió con su abrigo, las llevó al asiento trasero, y en cuanto cerró la puerta, sintió que estaba a punto de estallar.
Pero en lugar de dejarse consumir, marcó un número: el jefe de seguridad de su casa, un hombre llamado Salgado que juraba lealtad como si fuera un contrato.
— ¿Dónde están mis hijas? —preguntó Julián, y su voz ya no era la de un padre asustado, era la de un dueño de imperio al que le han tocado lo único que no se negocia.