—Camila… hija… soy papá —susurró, y su voz se rompió en el intento de sonar firme.
La niña abrió los ojos apenas, como si despertara dentro de un sueño pesado, y cuando lo vio, su cara no se iluminó de inmediato.
Se tensó.
Porque un niño que duerme en la calle no se despierta confiando; se despierta preparado para defenderse incluso de lo que ama
Renata, la pequeña, se removió y gimió, y Camila la abrazó más fuerte, como si temiera que alguien viniera a llevársela.
—No nos lleves… —murmuró Camila, y esa frase fue como un puñal, porque significaba que alguien ya las había llevado antes.
Julián sintió náuseas.
—¿Quién… quién les hizo esto? ¿Dónde está mamá? —preguntó, y al decir “mamá” se le apretó el pecho con una mezcla de culpa y urgencia
Su esposa, Verónica, había muerto hace dos años, y desde entonces la casa había sido un lugar lleno de silencios y reglas para no caer.
Julián había contratado personal, instituciones, seguridad, todo lo “correcto” para que sus hijas estuvieran bien, pero de pronto entendió que lo correcto no siempre es lo suficiente.
Camila bajó la mirada, y sus pestañas estaban pegadas por el frío.