La escena era brutalmente íntima: dos pequeñas formas pegadas una a la otra, luchando contra la noche como si la noche fuera un animal grande y hambriento.
La mayor tenía un brazo delgado, tenso, colocado sobre el hombro de la pequeña como un escudo, como un intento desesperado de detener el mundo con un gesto.
Sus rostros estaban borrosos por la mugre y el agotamiento, pero la inocencia se negaba a morir: seguía ahí, bajo el velo, escondida en la forma en que aún se buscaban entre ellas.
Entonces Julián vio el detalle que lo destruyó: una pulsera rosa en la muñeca de la mayor, una pulsera con un pequeño dije en forma de estrella que él mismo había comprado.
Y como si el universo fuera cruel por precisión, el dije reflejó la luz de un farol y le devolvió un destello, una confirmación sin compasión.
—No… —susurró él, y la palabra salió quebrada, inútil, demasiado pequeña para lo que significaba, porque aquellas niñas eran sus hijas gemelas.
Camila y Renata.
Su sangre se congeló y ardió al mismo tiempo, porque no era solo tristeza, era furia, una furia tan pura que le temblaron las manos dentro de los guantes.
¿Cómo podría estar ahí? ¿Cómo podría estar en la calle si él tenía una casa inmensa, habitaciones de sobra, calefacción, comida, seguridad, todo lo que el dinero presume?
Se arrodilló con cuidado, intentando no asustarlas, y cuando tocó la mejilla de Camila, la piel estaba fría como una moneda, como si la vida se le estuviera escapando en silencio.