MILLONARIO LLEGÓ SIN AVISAR Y VIO A LA NIÑERA CON SUS HIJOS… LO QUE VIO LO HIZO ENAMORARSE…
Los niños iban vestidos en sus mejores ropas. Patricia llevaba un vestido sencillo, nada ostentoso. Sebastián manejaba con el corazón latiendo como tambor de guerra. ¿Y si nos dice que no?, preguntó Santiago desde el asiento trasero. Entonces le recordaremos que la fe no se trata de estar seguro, respondió Sebastián recordando las palabras que Valeria les había enseñado. Se trata de creer que podemos ser mejores. Diego tomó la mano de sus hermanos. Vamos a orar. Y ahí, en el auto rumbo a recuperar a la mujer que los había salvado a todos, cuatro voces rezaron por un milagro.
Patricia escuchaba en silencio lágrimas corriendo por sus mejillas. Por primera vez en su vida, ella también cerró los ojos y oró. Por favor, Dios, déjame enmendar lo que rompí. Puebla apareció ante ellos como un cuadro pintado de colores cálidos y techos de talavera. Sebastián nunca había estado ahí. En todos sus años de negocios viajando por el mundo, nunca había visitado la ciudad donde Valeria creció. “¿Dónde vive?”, preguntó Patricia desde el asiento del pasajero. No lo sé. Solo tengo la dirección de la parroquia en su expediente de trabajo.
Siguieron las direcciones del GPS hasta la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Era una iglesia modesta en un barrio de clase trabajadora, nada como las catedrales enormes del centro histórico. Sebastián estacionó con manos temblorosas. “Y si no está aquí, estará”, dijo Diego con certeza. Valeria siempre decía que cuando estaba triste hablaba con Dios. Tenía razón. Mientras cruzaban la plaza hacia la iglesia, Sebastián la vio a través de las puertas abiertas, arrodillada en una banca cerca del altar, con las manos juntas y la cabeza inclinada.
Incluso de lejos podía ver cómo temblaban sus hombros. “Quédate aquí un momento”, le dijo a Patricia, pero no pudo detener a los niños. Diego, Mateo y Santiago echaron a correr hacia la iglesia antes de que alguien pudiera detenerlos. Sus zapatos resonaron contra el piso de piedra. Valeria. Ella levantó la cabeza bruscamente. Su rostro estaba manchado de lágrimas. Niños. Los tres la alcanzaron en segundos, chocando contra ella con tanta fuerza que casi la tiran. Sus brazos se cerraron alrededor de ellos automáticamente.
“¿Qué hacen aquí?” Vinimos por ti”, dijo Mateo aferrándose a su cintura. “No puedes irte”, soyó Santiago. “Te necesitamos.” Diego la miró con ojos serios más allá de sus 6 años. “Dijiste que la familia se queda junta, que los hermanos no se abandonan, pues tú eres nuestra familia, Valeria, y no vamos a abandonarte. ” Valeria vio entonces a Sebastián caminando por el pasillo central de la iglesia. Su traje estaba arrugado del viaje, su cabello despeinado, sus ojos rojos de no dormir, pero caminaba con determinación absoluta.