Las palabras se hundieron en Valeria como anclas. De regreso en la mansión Montalvo, el caos reinaba. Diego no había salido de su cuarto. Mateo había roto tres platos en un ataque de furia. Santiago lloraba sin parar. Señora Ortiz llamó a Sebastián mientras él seguía en casa de su madre. Señor, los niños necesito que venga. No puedo calmarlos. Sebastián y Patricia llegaron juntos a la mansión. Los gritos de Mateo los recibieron desde la entrada. Odio este lugar. Odio todo.
Sebastián subió las escaleras corriendo. Encontró a Mateo destruyendo su habitación mientras Rosa trataba inútilmente de detenerlo. Mateo, para. No, todos mienten. Valeria dijo que no se iba y se fue como mamá. Patricia observaba desde la puerta su rostro descompuesto. Sebastián abrazó a Mateo, quien luchó contra él antes de colapsar en soyosos. Lo sé, hijo, lo sé. Diego apareció en el pasillo. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Va a regresar. Yo, mentira. Diego gritó. Nadie regresa nunca. Todos nos dejan porque somos malos.
No son malos. La voz de Patricia sonó desde la puerta. Todos se voltearon. Patricia entró a la habitación con pasos lentos. Se arrodilló frente a Diego. Ustedes no son malos. Yo sí lo fui. ¿Qué? susurró Diego. Yo hice que Valeria se fuera y lo hice porque porque tenía miedo admitió ella con voz temblorosa. Miedo de que su papá sufriera, miedo de lo que diría la gente. Pero me equivoqué. Santiago salió de su habitación arrastrando su cobija. ¿Puedes traerla de vuelta?
No lo sé, cariño, pero voy a intentarlo. ¿Cómo? preguntó Mateo. Patricia miró a su hijo. Tu papá va a ir a buscarla y va a luchar por ella hasta que entienda que es amada. Los tres niños miraron a Sebastián con ojos llenos de esperanza desesperada. De verdad, papá. Sebastián asintió su determinación solidificándose. De verdad, y no voy solo. ¿Qué quieres decir?, preguntó Diego. Ustedes vienen conmigo. Valeria los ama tanto como yo y necesita ver que somos una familia.
que la necesitamos todos. Vamos a ir a Puebla. Santiago se iluminó. Ahora mismo. Sí, gritaron los tres. Patricia se puso de pie. Yo también voy. Sebastián la miró sorprendido. Madre, necesito disculparme con ella de rodillas si es necesario. Patricia sonrió con tristeza. Y necesito ver a la mujer que logró lo que yo nunca pude hacer que mi hijo volviera a sentir. Sebastián abrazó a su madre por primera vez en años. 30 minutos después, Cinco Montalvo estaban en el auto rumbo a Puebla.