Sebastián no sabía rezar. No recordaba la última vez que había hablado con Dios. Quizás cuando tenía la edad de sus hijos, quizás nunca. Yo tengo que señaló vagamente hacia la puerta. Guardar mis cosas. La decepción cruzó el rostro de Santiago como una sombra. Los dejo para que terminen su oración. Sebastián retrocedió hacia el pasillo. Sigan, por favor. Valeria inclinó ligeramente la cabeza. No dijo nada, pero algo en sus ojos lo atravesó como un cuchillo. Sebastián caminó por el corredor de su mansión con pasos que no sentía.
Bajó las escaleras agarrándose del barandal como un hombre borracho. Entró a su estudio y cerró la puerta con pestillo. Solo entonces se permitió colapsar contra la madera. Sus hijos habían estado rezando, sus hijos salvajes, furiosos, destrozados, habían estado arrodillados con las manos juntas, hablando con Dios sobre galletas y jardines y el miedo que desaparecía en la noche. Santiago había dicho que ya no tenía miedo. ¿Cuándo había empezado a tener miedo? ¿Cuándo había dejado Sebastián de notarlo? La imagen de los tres niños con los ojos cerrados y las expresiones serenas se grabó en su mente como hierro al rojo vivo.
La forma en que confiaban en esa mujer, la manera en que ella les había enseñado a expresar gratitud, a nombrar sus emociones, a pedir ayuda a algo más grande que ellos mismos, todo lo que él había sido incapaz de darles. Sebastián se deslizó por la puerta hasta quedar sentado en el suelo. Su traje de 3.000 dólares se arrugó contra la madera. Sus zapatos italianos quedaron estirados frente a él sin gracia. Y por primera vez en 3 años, desde que su esposa los abandonó sin mirar atrás, Sebastián Montalvo lloró.
Las lágrimas le quemaban las mejillas. Su pecho se sacudía con soyozos silenciosos que no podía controlar. Se cubrió la cara con las manos para ahogar cualquier sonido. No sabía cuánto tiempo pasó así. 10 minutos. 30, una hora. Cuando finalmente pudo respirar de nuevo, cuando pudo secarse los ojos con la manga de su camisa arrugada, supo algo con absoluta certeza. Había estado viviendo como un fantasma en su propia casa, trabajando hasta la madrugada, viajando tres semanas al mes, evitando los ojos de sus hijos, porque le recordaban todo lo que había perdido.
Y una mujer de Puebla, con su uniforme sencillo y su voz suave, les había devuelto algo que él ni siquiera sabía que necesitaban. Fehamosam, esperanza. Paz. Sebastián se puso de pie con piernas temblorosas. se miró en el espejo de su estudio. Sus ojos estaban rojos, su corbata torcida, su cabello despeinado. Parecía un hombre que acababa de despertar de una pesadilla de 3 años. Tomó su teléfono y revisó su agenda. tenía una reunión en Nueva York el martes, una conferencia en Sao Paulo el jueves, una cena con inversionistas el sábado.