Es una tradición que tenemos, explicó Valeria. Los viernes cenamos juntos y cada uno dice algo bueno de su semana. Sebastián se sentó en la silla de madera, sintiéndose fuera de lugar en su propia casa. Diego empezó. Mi cosa buena es que papá me ayudó con mi maqueta. Mateo siguió. Mi cosa buena es que jugamos fútbol tres veces. Santiago fue el último. Miró a Sebastián con sus ojos enormes. Mi cosa buena es que papá está en casa. Luego agregó, “Tan bajito que casi no se escuchó.
Te amo, papá.” Sebastián sintió que el mundo se detenía. Ninguno de sus hijos le había dicho eso en cuánto tiempo, “Años, alguna vez.” “Yo”, Su quebró. Disculpen. Se levantó de la mesa y salió de la cocina con pasos rápidos. Cruzó el pasillo, entró a su estudio, cerró la puerta y lloró. Lloró por todos los años perdidos, por todas las noches que no estuvo, por todos los momentos que se perdió, porque tenía miedo de enfrentar su propio fracaso como padre.
Santiago le había dicho que lo amaba y Sebastián ni siquiera había podido responder. Alguien tocó la puerta suavemente. Señor Montalvo, era Valeria. Sebastián se limpió la cara con las mangas de su camisa. Estoy bien, ¿no es cierto? La puerta se abrió. Valeria entró y cerró detrás de ella. Los niños están preocupados. No quería que me vieran así. ¿Por qué no? Sebastián soltó una risa amarga. Porque los padres no lloran frente a sus hijos. Porque se supone que debo ser fuerte.
Los padres son humanos dijo Valeria con esa calma que él empezaba a reconocer. Y los niños necesitan ver que los humanos sienten cosas. No supe qué decir cuando Santiago dijo que me amaba. ¿Por qué? Porque no merezco ese amor. Valeria cruzó el estudio y se arrodilló frente a él. Sus ojos oscuros lo miraron sin juicio. Escúcheme bien, Sebastián Montalvo. Sus hijos no aman por mérito. Aman porque son niños con corazones puros y usted está cambiando. Ellos lo ven.
Yo lo veo. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. No, señor Montalvo, solo Sebastián. No sé cómo ser lo que necesitan. No tiene que saberlo todo, solo tiene que seguir intentando. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Sebastián podía ver las motas doradas en sus ojos cafés, el pulso en su cuello, la forma en que mordía su labio inferior cuando estaba pensando. Valeria, su voz salió ronca. ¿Qué me está pasando? Está despertando, respondió ella suavemente.