—¡Señor, se está ahogando! ¡No funciona!
—He dicho que te apartes —Roberto la empujó suavemente pero con firmeza hacia un lado. Se arrodilló frente a la máquina ruidosa. Su traje de diez mil dólares tocó el suelo sucio, pero a él no le importó.
Sus manos, habituadas a firmar cheques y sostener copas de cristal, se movieron con una agilidad que no había usado en décadas. Tocó la carcasa. Estaba hirviendo. Sobrecalentamiento. La toma de aire estaba obstruida por el polvo acumulado en el filtro trasero.
—Dame un cuchillo. O unas tijeras. ¡Rápido! —bramó Roberto sin mirar atrás.
María Elena no cuestionó. Corrió fuera de la habitación y volvió en segundos con un cuchillo de cocina. Roberto lo tomó y, con un movimiento brusco, hizo palanca en la rejilla trasera del aparato, rompiendo el plástico barato. Arrancó el filtro gris y apelmazado y lo lanzó lejos. Luego, golpeó el motor en un punto específico, cerca de la válvula de admisión.
El motor tosió, tartamudeó y, de repente, el zumbido cambió. Se volvió constante, fuerte. El silbido del oxígeno fluyendo por el tubo se hizo audible.
Roberto miró el monitor. Los números de saturación de oxígeno del niño, que estaban en un peligroso 70%, empezaron a subir lentamente. 72… 75… 78…
El pecho de Mateo dejó de convulsionar tan violentamente. Sus ojos se cerraron un poco, el pánico dando paso al agotamiento.
Roberto se dejó caer sentado sobre sus talones, respirando agitado. El sudor le bajaba por la sien. Se miró las manos: estaban manchadas de grasa negra y polvo.
Se hizo un silencio espeso en la habitación, solo roto por el zumbido constante de la máquina y la respiración entrecortada de María Elena.
Ella cayó de rodillas al otro lado de la cama, tomando la mano de su hijo y besándola frenéticamente.
—Gracias, Dios mío, gracias… —susurró, y luego levantó la vista hacia su jefe. Su mirada ya no tenía miedo, solo una gratitud tan profunda que a Roberto le resultó insoportable sostenerla—. Gracias, don Roberto. Usted… usted lo salvó.
Roberto se puso de pie, sacudiéndose las rodillas automáticamente, recuperando su postura rígida. Se sentía extraño. Su corazón latía con una fuerza inusual.
—Esa máquina es basura, Rodríguez —dijo, su voz ronca—. Es un modelo obsoleto. Es peligroso tener eso aquí.
María Elena bajó la mirada, acariciando el cabello sudoroso de su hijo.