—Lo haré —Valladares lo miró con curiosidad—. No sabía que tenías familia no reconocida, Roberto. El parecido en la tenacidad de la madre es notable.
No es mi familia —respondió Roberto, mirando hacia la puerta cerrada—. Es mi empleada. Y es… es una larga historia.
Durante las siguientes dos semanas, la rutina de Roberto Mendoza se transformó radicalmente. Por las mañanas, dirigía su imperio con una ferocidad renovada, pero por las tardes, su Mercedes negro no iba al club de golf ni a cenas de gala, sino al hospital.
Al principio, María Elena se sentía abrumada por su presencia. Intentaba levantarse de la silla cada vez que él entraba, alisarse la ropa, ofrecerle café. Pero Roberto, con su habitual brusquedad ejecutiva, le ordenó que dejara de tratarlo como a un jefe y empezara a tratarlo como a un socio en el proyecto de recuperación de Mateo.
El momento crucial llegó el quinto día, cuando Mateo estuvo lo suficientemente despierto y libre de sedantes para hablar. Roberto entró en la habitación privada, cargando bajo el brazo algo que no era un maletín de negocios.
Mateo lo miró con los ojos muy abiertos, la mascarilla de oxígeno cubriendo su nariz y boca, haciéndolo parecer un pequeño piloto de combate.
—Hola, arquitecto —dijo Roberto, acercando una silla a la cama.
El niño parpadeó, incrédulo. Su voz salió amortiguada por el plástico.
—¿Don Roberto?
—El mismo. Tu madre me dijo que tienes buen ojo para los edificios. —Roberto colocó sobre la mesa de la cama un cuaderno de dibujo de tapa dura, lápices de grafito profesionales de distintos grosores y un juego de escuadras de precisión. No eran juguetes; eran herramientas de trabajo—. Estuve revisando los planos de la Torre Mendoza. Tienen fallos. Necesito una segunda opinión.
Los ojos de Mateo se iluminaron con un brillo que ninguna medicina podía provocar. Durante la siguiente hora, el multimillonario y el niño hablaron de estructuras, de cómo la luz debe entrar en un edificio, y de por qué los cimientos son lo más importante, aunque nadie los vea. Roberto descubrió que el niño tenía una inteligencia espacial asombrosa, cultivada en horas de observación silenciosa desde su cama de enfermo.
—Mi casa tiene malos cimientos —dijo Mateo de repente, su tono volviéndose serio—. Por eso cruje cuando hay viento. Mamá tiene miedo de que el techo se vuele.