Mientras cambiaba las vendas de una joven que llevaba tres meses en coma, el médico se quedó helado de la conmoción: su vientre crecía cada día más. La verdad detrás de lo que sucedió pronto haría llorar a todo el hospital.

Mientras cambiaba las vendas de una joven que llevaba tres meses en coma, el médico se quedó helado de la conmoción: su vientre crecía cada día más. La verdad detrás de lo que sucedió pronto haría llorar a todo el hospital.

Durante tres meses, la joven había permanecido inmóvil en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Seattle. Sin familia, sin visitas; solo el Dr. Daniel, que cambiaba sus apósitos, revisaba cada signo vital y rezaba en silencio por un milagro.

Pero entonces, empezó a notar que el abdomen de ella crecía día a día. Ningún diagnóstico médico podía explicarlo. El equipo entero estaba perplejo, receloso, atemorizado… hasta que llegaron los resultados de ADN, y todos lloraron.

La UCI del Hospital St. Mary’s en Seattle vibraba con el ritmo constante de los respiradores y monitores cardíacos. El Dr. Daniel Harris, de 35 años, se había acostumbrado a esa música mecánica: era la banda sonora de vidas suspendidas. Sin embargo, una paciente siempre atraía su mirada más que las otras. Se llamaba Emily Foster, de 27 años, una joven ingresada tras un accidente de coche tres meses antes. Había estado en coma desde entonces, y su expediente estaba marcado con las palabras Estado Vegetativo Persistente.

 

 

 

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