Pedí un documento oficial. Al día siguiente, dos agentes dejaron un aviso en mi puerta: nadie más que yo podía entrar a la propiedad.
Ahora no era una discusión familiar. Era la ley.
La traición final
Pensé que las cosas se calmarían, pero sucedió lo contrario.
Una noche oí golpes en la puerta. Cuando salí al pasillo, mis dos hijos mayores habían roto la cerradura y entraban, diciendo:
Esta casa es de todos. No pueden seguir encerrándonos.
Los miré con una tranquilidad que no esperaba tener a mi edad.
“¿A todos… o a mí?”, pregunté.
Ninguno de los dos respondió.
Se quedaron allí parados, tensos, sin saber qué hacer.
Esa misma noche, mientras cerraba la puerta de mi dormitorio desde dentro, decidí todo.
La decisión final: venderlo todo
Al amanecer, me vestí con mi camisa celeste, cogí mis papeles y fui al registro de la propiedad con el abogado.
No a mis hijos.
A nadie de la familia.