“ME DUELE MUCHO, PAPÁ” — EL DESCUBRIMIENTO DEL MILLONARIO CAMBIÓ TODO

 

 

Esteban sintió una rabia caliente subirle por el pecho y mezclarse con una culpa espesa, amarga.

—¿Dónde está Jimena?

—En su cuarto… viendo la tele. Dice que tiene jaqueca y que no la moleste.

Esteban apretó la mandíbula.

—¿Has comido algo hoy?

—Solo el desayuno que tú me hiciste. Madrastra dice que no puedo comer hasta terminar todas las tareas.

—¿Qué tareas?

—Lavar los platos del desayuno y del almuerzo… limpiar toda la cocina… aspirar la sala… y cuidar a Mateo sin dejarlo llorar.

Esteban se levantó tan rápido que la silla chilló contra el piso. En la sala de juntas todos levantaron la vista.

—Carolina, aguanta quince minutos —dijo, con la voz firme aunque por dentro se estaba rompiendo—. Papá va para allá. Ahora mismo.

—Pero dijiste que tenías reuniones hasta las ocho…

—Las reuniones pueden esperar. Tú no.

Cortó la llamada, se puso de pie frente a la mesa de conferencias y no pidió permiso.

—Disculpen, señores. Tengo una emergencia familiar. Reprogramaremos.

No esperó respuesta. Tomó el saco, el celular, y salió casi corriendo hacia el elevador. En el trayecto llamó tres veces a Jimena. Las tres fueron directo al buzón de voz.

Lo estaba ignorando.

Cuando llegó a la casa —una residencia amplia en una colonia privada al sur de la ciudad— notó que las luces estaban extrañamente bajas. Abrió la puerta principal y el llanto agudo de un bebé lo golpeó como una sirena dentro del cráneo. También escuchó un sonido de platos chocando, repetitivo, cansado.

 

 

 

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