Caminó rápido hacia la cocina.
Y su corazón se detuvo.
Había platos sucios apilados por todas partes, cubriendo el granito como montañas. El piso estaba salpicado de comida seca y líquidos derramados. En una esquina había vasos rotos, como si alguien los hubiera dejado caer y simplemente se hubiera ido. El bote de basura desbordaba.
Y, en medio del caos, su hija.
Carolina estaba de pie frente al fregadero, lavando platos con manos temblorosas. Tenía a Mateo amarrado a su espalda con una sábana anudada al frente del pecho, como una mochila humana improvisada. El bebé lloraba sin parar, golpeándole los muslos con sus pies pequeños.
Carolina parecía más pequeña de lo que era. Los hombros caídos. El cabello pegado a la frente por el sudor. La blusa manchada de comida y babas.
Cuando lo vio, sus ojos se iluminaron como si de pronto la vida volviera a encenderse.
—Papá… llegaste…
La voz le salió tan débil que casi se perdió entre el llanto de Mateo.
Esteban cruzó la cocina en tres zancadas. Con cuidado extremo empezó a desatar la sábana. Cuando por fin liberó al bebé, Carolina casi se desplomó hacia adelante.
—Ay… papá… —dijo tocándose la espalda baja—. Me duele todo. No puedo ni pararme derecha.
Esteban cargó a Mateo en un brazo y, con el otro, ayudó a su hija a sentarse en una silla. Carolina se movió como si cada centímetro fuera un castigo, haciendo una mueca de dolor.
—Déjame ver tu espalda, mi amor.
Carolina se levantó la blusa.
Esteban tuvo que morderse la lengua para no gritar. Había marcas rojas profundas en sus hombros, donde la sábana había presionado durante horas. Los músculos a lo largo de la columna se veían tensos, inflamados. Para una niña, aquello no era “ayudar”: era abuso físico.