Entré en esa cocina y mi corazón se rompió en mil pedazos.
Marcus estaba acurrucado en un rincón, todavía con su pijama amarilla. Tenía la cara roja y surcada de lágrimas y mocos. Su pequeño cuerpo temblaba con tanta fuerza que le castañeteaban los dientes. Y gritaba las mismas palabras una y otra vez:
¡Maté a mi mami! ¡Debería haberla salvado! ¡Maté a mi mami!
Los bomberos estaban detrás de mí, impotentes. Estos valientes hombres que salvan vidas a diario no pudieron salvar a este pequeño de su propia culpa.
Caminé despacio. Sin prisas. Sin movimientos bruscos. Simplemente me acerqué y me senté en el suelo de la cocina, a un metro de Marcus.
Me miró con esos ojos destrozados. Vio mi chaleco de cuero. Mis tatuajes. Mi talla. Y por un instante, dejó de gritar. Simplemente me miró como si fuera un monstruo.
—Hola, amigo —dije en voz baja—. Me llamo Danny. No voy a hacerte daño. Solo me sentaré aquí contigo, ¿de acuerdo?
—La maté —susurró Marcus—. Mamá me dijo que saliera y lo hice, y ahora está muerta y es mi culpa.
—¿Puedo decirte algo, Marcus? No respondió. Simplemente seguía temblando.
Tu mamá te dijo que salieras porque te amaba más que a nada en este mundo. Quería que estuvieras a salvo. Se aseguró de que salieras porque tu vida era más importante para ella que la suya.