—Y el Hospital Universitario La Paz será el programa piloto. Medio millón de euros el primer año para mejorar los ratios de personal, asegurar descansos obligatorios y crear zonas de descompresión para el personal. Ya he hablado con la gerencia y con la Dra. Reinoso. Están llorando de alegría.
No supe qué decir. Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas sin control.
—Hugo… esto es… es demasiado.
—No es demasiado. Es justicia. Y quiero que estéis conmigo cuando lo anunciemos. La próxima semana hay una rueda de prensa. Quiero que el mundo sepa por qué hago esto.
La rueda de prensa se celebró en la sede central del Grupo Blanco, en uno de los rascacielos de la zona financiera de Madrid. Yo estaba sentada en primera fila, con un vestido azul marino que Marcos me había ayudado a elegir, temblando como una hoja. A mi lado, Marcos me apretaba la mano. Detrás de nosotros estaban Catalina y Guillermo, los padres de Hugo, mirándome con un cariño que me hacía sentir parte de su familia.
Hugo subió al podio. No habló de números ni de estrategias de mercado. Habló de una noche de nieve, de un coche destrozado y de unas manos que no dejaron de bombear sangre a su corazón inerte.
—Linda Velázquez me devolvió la vida —dijo ante docenas de cámaras y micrófonos—. Pero luego hizo algo aún más extraordinario: me devolvió a mi familia. Y ayudó a su propio hijo, uno de mis mejores ingenieros, a volver a casa. Ella nos enseñó que el éxito no vale nada si la silla a tu lado en la cena está vacía.
Me llamó al escenario. Subí con las piernas de gelatina. Hugo me pasó el brazo por los hombros.
—Esta mujer es la razón de que hoy estemos lanzando este fondo. Para que nadie más tenga que elegir entre su vocación de cuidar y su derecho a ser feliz. Para que ninguna enfermera tenga que trabajar 21 Navidades seguidas solo para huir del silencio de su hogar