—Lo siento, señora Briones. De verdad no sabía que estaba casado. Él no usa anillo cuando viaja.
—Te creo —dijo Jimena, esta vez con un dejo real de compasión—. No es la primera vez que usa ese truco.
Nadia tomó la tarjeta llave de la mano de Tomás, casi arrancándosela, y corrió hacia los elevadores.
Tomás quiso ir tras ella, pero Jimena le cortó el paso con una sola mirada.
—¿Podemos hablar de esto en privado? —pidió él, la garganta seca.
—Por supuesto —dijo ella, señalando la puerta lateral donde esperaba la mujer de traje oscuro—. Mi oficina está por aquí.
La otra mujer avanzó un paso.
—Soy Mariana Chen, abogada de la señora Briones —se presentó, con un leve gesto de cabeza—. Buenas noches, señor Briones.
La oficina de Jimena era amplia, con vista a Paseo de la Reforma. Había maquetas de hoteles en una repisa y planos enmarcados en la pared. Nada de eso existía en la vida que Tomás creía conocer.
Mariana se sentó en una esquina, abrió una carpeta de cuero y se mantuvo en silencio.
—¿Desde cuándo lo sabes? —soltó Tomás, apenas se cerró la puerta—. ¿Desde cuándo sabes lo de… Nadia?
—De ella, hace dos meses —respondió Jimena, sentándose detrás del escritorio—. De tus infidelidades en general… casi un año.
Tomás parpadeó.