—¿Un año?
—La primera fue Estefanía, la de contabilidad, ¿te acuerdas? —enumeró, como quien repasa una lista de proveedores—. Luego la mujer del congreso en Cancún. Después otra que ni siquiera me interesó identificar. Dejé de contar después de la cuarta.
Él se dejó caer en una silla.
—Si sabías todo eso… ¿por qué no dijiste nada?
Jimena cruzó las manos sobre el escritorio. Sus uñas estaban perfectamente pintadas. Él nunca lo había notado.
—Porque necesitaba tiempo —respondió—. Para pensar. Para documentar. Para asegurarme de que cuando decidiera terminar este matrimonio, lo haría desde una posición de fuerza.
Tomás tragó saliva.
—¿De qué estás hablando?
—De nuestra vida, Tomás. De los bienes, de las cuentas, de lo que es mío y de lo que crees que es tuyo. —Lo miró directamente—. La casa está a mi nombre. Mis papás insistieron cuando la compramos, ¿recuerdas? Las inversiones que tenemos las inicié con mi herencia. El coche que manejas está registrado a mi nombre. Y desde el lunes, soy dueña de este hotel y de otros dos en la ciudad.
La cabeza de él empezó a arder.
—¿Usaste tu herencia sin decirme?
—Es mi herencia —respondió sin pestañear—. La misma que quisiste usar mil veces para tus “grandes ideas de negocio”. La diferencia es que mis inversiones funcionan. Las tuyas… eran hoteles, pero de paso.
Mariana intervino por primera vez.