La niña corrió hacia el jefe de la mafia, llorando: “¡Están golpeando a mi madre!” — ¿Qué hizo el jefe de la mafia…?

 

 

—Fue… fue negocio, jefe —murmuró Carlos—. Nosotros solo cobramos.

Vicente lo miró con una calma que daba más miedo que un arma.

—Dime el nombre de tu jefe.

—“El Rayo” Rodríguez —soltó Carlos—. Pero… ese tipo tiene gente. Tiene placas. Tiene…

—Todos creen tener protección —dijo Vicente—. Hasta que se les acaba.

Y entonces ocurrió el giro que nadie esperaba —ni siquiera Vicente—.

De regreso en el hospital, Elena despertó unos segundos. Tenía los ojos empañados, la voz hecha hilo.

Vio a Sofía dormida, luego giró la mirada y se quedó fija en Vicente. No con miedo. Con reconocimiento.

—…Vicente —susurró ella.

A Vicente se le endurecieron las manos.

—¿Me conoce?

Elena tragó saliva, como si hablar le doliera.

—Yo… yo soy la hermana de María.

El mundo se le inclinó a Vicente. El pasillo, las luces, los pasos de enfermeras… todo se volvió distante.

Elena intentó mover una mano y Vicente se acercó. Ella le puso en la palma una cadenita barata, con un dije pequeño en forma de flor.

—María… me pidió… que si alguna vez… te veía… te diera esto. Y una carta… está… en la florería… debajo del cajón… donde guardo las semillas.

Vicente sintió la garganta cerrarse. La última vez que oyó el nombre de María, casi se había vuelto piedra.

—¿Por qué no… me buscaste antes? —preguntó, apenas.

Elena lo miró con una tristeza antigua.

—Porque tú… eras un huracán. Y yo tenía… a Sofía. Solo… solo quería que creciera lejos de… de tu mundo.

 

 

 

⬇️Para obtener más información, continúa en la página siguiente⬇️

Leave a Comment