Vicente bajó la cabeza. Y cuando la levantó, sus ojos estaban húmedos. Nadie lo habría reconocido.
—No debiste pasar por esto —dijo—. Ni tú, ni ella.
Elena respiró con dificultad, pero apretó la mano de Vicente con sorprendente firmeza.
—Sofía… corrió hacia ti porque… en el barrio dicen… que tú controlas… a los monstruos.
Vicente cerró los ojos un instante, como si esas palabras le quemaran.
—Entonces hoy… los controlo —respondió.
La carta de María cambió todo.
Vicente la encontró al amanecer, como Elena dijo: debajo del cajón de las semillas, envuelta en plástico. La letra era la de María: redonda, firme, con una ternura que hacía daño.
No decía “te odio”. No decía “te perdono”. Decía algo peor:
“Si algún día una niña te pide ayuda, no la ignores. Porque esa niña puede ser la vida que no nos dejaron tener. Y si la ayudas, tal vez vuelvas a ser humano, aunque sea un poco.”
Vicente se quedó sentado en la florería destruida, con el papel temblándole en las manos. Y por primera vez en décadas, lloró sin esconderse de sí mismo.
Esa noche, Vicente citó a “El Rayo” Rodríguez en un taller abandonado. Rodríguez llegó con hombres y soberbia. Pero Vicente llegó con algo que el otro no esperaba: pruebas. Confesiones grabadas. Nombres. Cuentas. Y, detrás, discretos, dos agentes que no le debían nada a nadie, contactados por un viejo favor de Sor Juana —una jueza que María había ayudado en su juventud, cuando aún creían que el bien alcanzaba.
Rodríguez sonrió hasta que vio las placas.
—¿Qué es esto, Torres?
Vicente lo miró sin triunfalismo.