La niña corrió hacia el jefe de la mafia, llorando: “¡Están golpeando a mi madre!” — ¿Qué hizo el jefe de la mafia…?

 

 

 

—Está fuera de peligro inmediato —dijo—. Las próximas horas son críticas, pero… va a vivir.

Vicente sintió que el aire regresaba a sus pulmones.

Sofía, agotada, se quedó dormida en una camilla pequeña, abrazando un osito que una enfermera le prestó. Antes de cerrar los ojos, le susurró a Vicente:

—Usted… ¿sí cumple lo que promete?

Vicente le acomodó un mechón de cabello, torpe como quien no ha tocado a un niño en la vida.

—Yo no prometo cosas que no puedo cumplir —dijo.

Cuando Sofía se durmió, Vicente salió al pasillo y marcó un número.

—Toño —dijo al contestar—. Encuéntrame a los que hicieron esto. Se llaman Carlos Vega y Miguel Salas. Y quiero saber quién les dio la orden.

—¿Los…? —Toño tragó saliva—.

Vicente lo interrumpió.

—Sin estupideces. Los quiero vivos. Quiero que hablen.

Esa misma madrugada, en una bodega silenciosa, Carlos y Miguel bajaron la mirada cuando Vicente entró. Ya no tenían la sonrisa fácil de los hombres que se creen intocables. Habían entendido —por fin— qué significa meterse donde no se debe.

Vicente no gritó. No necesitó hacerlo.

Puso sobre una mesa un dibujo que Sofía había hecho con crayolas mientras esperaba: una mujer rodeada de flores y una niña tomada de su mano. Arriba, con letras chuecas: “Mamá y yo”.

—Por sesenta y siete pesos —dijo Vicente, casi en un susurro—… le rompieron el mundo a una niña. ¿Eso les enseñaron? ¿Que la valentía se mide golpeando a quien no puede defenderse?

Miguel empezó a llorar sin ruido. Carlos apretó los puños, como buscando una excusa.

 

 

 

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