La niña corrió hacia el jefe de la mafia, llorando: “¡Están golpeando a mi madre!” — ¿Qué hizo el jefe de la mafia…?

 

 

Vicente miró hacia abajo. La niña lo veía con una fe absurda, casi dolorosa. Y, sin pedir permiso, algo se mueve dentro de él. Una grieta.

Treinta años atrás, Vicente también había tenido una mujer a la que amaba con torpeza y con rabia de hombre joven: María. La risa de María había sido la única cosa capaz de hacerlo olvidar su oficio. Habían soñado con hijos, con una casa lejos de los disparos. Y una noche, para mandarle un “mensaje”, sus enemigos no fueron por él. Fueron por ella.

Vicente llegó tarde. Siempre se llega tarde a lo irrecuperable.

Desde entonces, había construido un muro de hielo alrededor del corazón. Nadie entraba. Nadie lo volvía vulnerable.

Pero esa niña… esa niña era un recordatorio vivo de todo lo que le habían arrancado.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó Vicente, ya varios hombres se les erizó la piel al oírle una voz suave.

—Sofía… Sofía Martínez —respondió entre sollozos.

Vicente levantó la vista hacia su escolta principal, Toño Rojas.

—El coche. Ahora.

Toño dudó un segundo, por reflejo más que por desobediencia.

—Jefe…

—Ahora, Toño.

No había emoción en el tono. Mando en solitario. Pero en los ojos de Vicente… había algo que ninguno de esos hombres le había visto jamás: urgencia.

Vicente se inclinó hasta quedar a la altura de Sofía. Su cuerpo era una montaña frente a la niña, y aun así, su presencia no la asustó. Al contrario: parecía agarrarse más fuerte a esa seguridad brutal.

—Sofía, escúchame bien —dijo—. Voy a ayudarte. Pero necesito que me digas dónde está tu mamá.

—En la florería… en la colonia Doctores —balbuceó—. La dejaron en el piso. Había... había mucha sangre.

 

 

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