La noche olía a gardenias caras y a promesas vacías.
Frente al Castillo de Chapultepec, la alfombra roja se extendía como una lengua de terciopelo bajo reflectores dorados. Fotógrafos, flashes, cámaras de televisión y un murmullo constante de apellidos importantes: los de siempre. Era la gala benéfica más exclusiva de la Ciudad de México, esa en la que la gente donaba cifras obscenas para “las causas” mientras competía por ver quién brillaba más.
Valeria Santillán, 32 años, heredera de Grupo Santillán, una de las constructoras más grandes del país, llegó con un vestido de alta costura que parecía hecho para humillar al resto. Su padre, Ignacio Santillán, le depositaba cada mes una cantidad que cualquier persona sensata consideraría irreal, y Valeria jamás había trabajado un solo día. La vida le había enseñado una regla simple: el mundo se divide entre quienes mandan y quienes sirven.
Y esa noche, para divertirse, Valeria decidió ser particularmente cruel.
Su chófer se llamaba Julián Vega. Tenía 40 años, una disciplina silenciosa y una manera de estar presente sin ocupar espacio. Conducía el Bentley de Valeria desde hacía cuatro años por un sueldo que, para ella, era calderilla. Nunca se quejaba. Nunca preguntaba. Abría la puerta, sostenía el paraguas, esperaba en silencio. Valeria lo trataba como se trata a un perchero: útil, invisible, reemplazable.
Horas antes, durante un almuerzo con sus amigas —mujeres que se llamaban “hermanas” con la misma ligereza con la que desechaban a un mesero—, Valeria escuchó a Majo Zúñiga narrar entre carcajadas cómo había hecho llorar a una dependienta de una boutique de Polanco.
—Se derrumbó enfrente de todos —dijo Majo, encantada consigo misma—. Le dije que su perfume olía a “pobre”.
Valeria sonrió, pero por dentro ardió. No podía permitir que Majo se coronara reina de la crueldad. Así que, con esa creatividad venenosa que solo da el aburrimiento de quien lo tiene todo, tuvo una idea.
Mandó a Julián una invitación formal, impresa en papel marfil con relieve dorado.
“Se solicita su presencia como invitado”.
No como chófer. Como invitado.
Valeria imaginó la escena con placer: Julián llegando con su ropa sencilla, quizá con un traje prestado, el cuello mal acomodado, los zapatos gastados. Los guardias mirándolo con duda. Las risas ahogadas de sus amigas. Luego ella, acercándose con falsa cortesía para rematar:
—Ay, Julián… qué lindo que viniste. ¿Te sientes… cómodo?