Pero antes de hacerlo notó cámaras nuevas instaladas repentinamente en pasillos que antes permanecían sin supervisión alguna durante años.
Las cámaras parecían moverse ligeramente siguiendo pasos específicos transmitiendo sensación de ser observada incluso durante tareas rutinarias.
Al día siguiente Ava halló al niño sentado bajo la ventana con ojos fijos en el exterior como si temiera acercarse a cualquier pared.
Cuando se acercó él susurró que oía voces provenientes del cuarto de juegos aunque nadie estuviera permitiendo entrada nocturna.
Esa noche Ava se escondió cerca del cuarto para investigar y escuchó un leve zumbido electrónico proveniente del interior oscuro.
Al entrar vio juguetes alineados perfectamente mientras un proyector diminuto en la esquina registraba actividad imposible en la habitación.
Comprendió que el niño sufría vigilancia múltiple transformando toda la mansión en un laberinto de ojos ocultos imponiendo terror constante.
Mientras examinaba la sala escuchó pasos acercándose rápidamente obligándola a ocultarse tras una cortina antigua desgastada por los años.
El padre entró murmurando con alguien por teléfono exigiendo reportes completos sobre “progreso del sujeto” usando tono clínico inquietante.
Ava sintió frío recorriendo su espalda al entender que hablaba del niño sin expresar afecto sino interés científico y estratégico.
Cuando él salió ella regresó al pasillo preguntándose si la mansión era laboratorio disfrazado de hogar donde el niño era experimento involuntario.
Decidió actuar protegiendo al niño a cualquier costo aun si significaba perder empleo o enfrentar represalias invisibles.
La mañana siguiente encontró al niño con nuevo moretón en la nuca similar a presión causada por dispositivo reposicionado durante sueño.
Ava se arrodilló prometiendo que lo sacaría de allí si era necesario jurando que jamás permitiría más dolor injustificado.