El corazón de Ana dio un brinco. ¿Su Bruna trabajaba con su hijo?
Comenzó a preguntar discretamente. Descubrió que Bruna venía de una familia humilde, que era trabajadora, respetuosa y siempre dispuesta a ayudar.
—Ella no sabía quién soy —pensó Ana, esa noche, mirando al techo—. Me ayudó sin esperar nada. Eso… no se ve todos los días.
Lucas conocía muy bien a Bruna… pero de otra manera. Era su mano derecha en la oficina: organizaba su agenda, filtraba llamadas, resolvía problemas antes de que explotaran. Para él, era indispensable… pero solo como empleada.
Bruna, en cambio, había aprendido a esconder su corazón. Llevaba años admirándolo en silencio: su inteligencia, su manera de tratar a los empleados con respeto, su sonrisa cansada al final del día. Se repetía una y otra vez:
No es para ti. Él sale con mujeres como Julia, no con secretarias como tú.
Mientras tanto, el noviazgo de Lucas y Julia avanzaba rápido. En una cena privada, él se arrodilló con un anillo, y Julia aceptó entre lágrimas y suspiros.
Cuando Lucas le contó a Ana, ella lo abrazó, pero la duda en su interior creció.
—Quiero conocerla —dijo.
Pero antes de verla como suegra, decidió verla de otra forma.
—Hijo —propuso una noche—, quiero que me dejes probar algo. Me mudaré a tu mansión… pero no como tu madre. Como empleada. Quiero ver cómo trata a alguien que cree que no vale nada. Así sabremos qué clase de esposa va a ser.
—Mamá… —Lucas frunció el ceño—. ¿No crees que estás exagerando?