—Si ella es la mujer correcta, pasará la prueba —respondió Ana—. Si no, más vale saberlo ahora que después.
Después de dudar, él aceptó.
A los pocos días, Ana llegó a la mansión con ropa sencilla, un pañuelo en la cabeza y el nombre falso de “Dita”. El personal, que la conocía, guardó el secreto.
Cuando Lucas presentó a “Dita” ante Julia, esta apenas la miró.
—Encantada —dijo, mirando más a sus uñas que a la mujer frente a ella.
En las semanas siguientes, Ana vio lo que necesitaba ver: órdenes gritadas desde el sofá, desprecio, humillaciones gratuitas.
—Anda más rápido, vieja, parece que vas en cámara lenta —se burló un día Julia, mientras Ana limpiaba.
Lucas, siguiendo el plan, un día alzó la voz en la cena:
—¡Dita! ¿Por qué está fría la comida? —golpeó el tenedor en la mesa.
Ana agachó la cabeza.
—Disculpe, señor, ahora mismo la caliento.
Julia no dijo ni una palabra para defender a la supuesta empleada. Solo se encogió de hombros.
—Es su trabajo. Si no sirve, cámbiala.