Mientras lo sostenía en brazos, sudada, cansada y sola, sintió una fuerza nueva.
—No te va a faltar nada, mi amor —susurró, besándole la frente—. No sé cómo lo haré, pero lo haré.
Los años pasaron. Ana, con sacrificio y disciplina, montó un pequeño puesto de telas. No era gran cosa, pero alcanzaba para comer, pagar el alquiler y mandarlo a la escuela. Por las noches, miraba a Lucas dormir y le hablaba en voz baja:
—Vas a llegar lejos, hijo. Mucho más lejos de lo que yo llegué.
A los diez años, Lucas era un niño despierto y cariñoso. Le iba bien en la escuela y siempre volvía lleno de historias para contar. Pero una tarde, mientras Ana preparaba un guiso sencillo, él llegó con el ceño fruncido.
—Mamá… —dijo, sentándose a la mesa—. ¿Yo tengo papá?
La cuchara se le resbaló de la mano. Durante años había esperado que esa pregunta nunca llegara. Se secó las manos en el delantal, se sentó frente a él y le tomó el brazo.
—Sí, tienes un padre —admitió—. Se llama Felipe. Cuando supe que estaba embarazada, le conté. Pensé que se alegraría… pero dijo que no quería ser padre. Se fue. Tus abuelos me rechazaron, y yo tuve que irme. Nunca volvió a buscarnos.
Lucas apretó los labios, pensativo. Después la abrazó con fuerza.
—Está bien, mamá. No lo necesito. Te tengo a ti.
Aquellas palabras le curaron una parte del alma… y le rompieron otra.
Los años siguieron su curso. Lucas creció, estudió con becas, trabajó mientras cursaba la universidad. Inteligente y disciplinado, terminó creando una empresa de tecnología que empezó pequeña y se volvió un éxito. De repente, el niño que había dormido en un colchón viejo en un cuarto de renta era uno de los jóvenes empresarios más prometedores de la ciudad.