Las mujeres lo miraban con otros ojos. En eventos, siempre tenía un grupo a su alrededor: risas perfectas, vestidos caros, miradas calculadas. Ana, que seguía viviendo en su casita sencilla, veía todo eso con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Ten cuidado, hijo —le dijo una noche, cuando él la llevó a cenar—. No todas las que se te acercan te quieren a ti. A veces… solo quieren lo que tienes.
Lucas sonrió, quitándole importancia.
—Lo sé, mamá. No te preocupes.
Pero poco después, llegó alguien de quien sí le habló distinto: una mujer llamada Julia.
—Es increíble, mamá —dijo Lucas, con ojos brillantes—. Es elegante, segura de sí, exitosa. Diseñadora de moda. Creo que por fin encontré a la persona correcta.
Ana sonrió, aunque sintió un peso en el pecho.
—¿Y cómo trata a la gente que no es importante? —preguntó, con suavidad.
—Es… directa —respondió él, dudando un poco—. Ya la vas a conocer. Te va a encantar.
Ana guardó silencio. Algo no le cuadraba, pero decidió esperar.
Una tarde, al salir del mercado con una bolsa de frutas, Ana caminaba por una calle tranquila cuando tres hombres salieron de un callejón.
—Deme la bolsa, señora —gruñó uno, agarrándola del brazo.
Ana sintió la sangre helarse.