Solo Bruna se quedó.
—Lo siento tanto, Lucas —le dijo, sentada frente a él en su “nuevo” apartamento sencillo—. No sé cómo voy a pagar la renta el próximo mes, pero… si necesitas algo, aquí estoy.
Le llevaba comida, lo animaba, le proponía ideas para empezar de cero.
—Podemos montar algo pequeño —dijo una noche—. Tú eres talentoso. El dinero va y viene. Lo importante es que sigues siendo tú.
Lucas sentía que cada palabra de ella ponía un ladrillo nuevo en el lugar donde antes solo había ruinas.
Hasta que una noche, ella habló con el corazón en la mano:
—Yo no me quedo porque crea que vas a volver a ser rico —dijo, nerviosa—. Me quedo porque… te amo. Desde hace tiempo. Te habría amado igual si siguieras siendo aquel chico que apenas podía pagar el transporte.
Eso fue la gota final. Lucas ya no pudo seguir con la mentira.
—Bruna —dijo, con la voz temblorosa—. Tengo que confesarte algo. No perdí todo. Fingí la quiebra. Quería ver quién se quedaba conmigo cuando ya no hubiera nada.
Ella lo miró como si no lo reconociera.
—¿Me… probaste? —susurró, herida.