La madrastra arrojó al niño al agua helada del lago, pero antes de que el niño desapareciera bajo el agua, logró decirle una última palabra.

Una tarde de invierno descendió lentamente sobre el pueblo, envolviéndolo en un espeso manto gris de silencio. El lago permanecía inmóvil bajo el viento gélido, como si contuviera la respiración, temeroso de perturbar la quietud. En su orilla, entre arbustos pelados y rocas heladas, se encontraba una mujer alta y delgada, con un abrigo negro que ondeaba como un fantasma en la noche. Un niño pequeño de unos seis años temblaba en sus brazos. Iba envuelto en una chaqueta andrajosa, pero no podía dejar de tiritar; no solo era de frío, sino también de miedo.

—No eres mi familia —susurró la mujer con la voz cargada de veneno—. Te he tolerado demasiado tiempo. Siempre me estorbas, lo ves todo con tus propios ojos... como si supieras algo que no deberías saber.

El niño guardó silencio. Solo apretaba con más fuerza el conejo de madera entre las palmas: un regalo de su madre. De su verdadera madre, quien había fallecido hacía tres años, dejando atrás la calidez de los recuerdos y este juguete, que se había convertido en su vínculo con el pasado.

“Agradece que nadie se entere”, dijo la madrastra y dio un paso hacia adelante, acercándose al borde del agujero en el hielo.

El niño lo entendió todo. Pero no gritó. No suplicó. Simplemente la miró, con una mirada que contenía más sabiduría de la que cabría esperar incluso de un adulto.

“Tú…” dijo en voz baja pero con seguridad, “nunca serás madre”.

La mujer se estremeció. Había algo sobrenatural, algo antiguo en esa mirada, algo que evocaba un miedo más profundo que cualquier pesadilla. Sus pensamientos vacilaron, se quedó sin aliento. Vio más que una niña en sus ojos; vio algo más. Algo que ya aguardaba bajo el agua.

Pero ya era demasiado tarde.

Ella lo soltó. El niño se deslizó hacia abajo, dentro del agujero oscuro, como si el agua misma lo alcanzara. Ningún grito. Ningún chapoteo. Solo ondas en la superficie y un silencio que se apoderó de la orilla como un manto.

 

 

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