No se lo dijo a Richard. Todavía no.
Había visto cómo él se sentaba al pie de la cama de Luna como si su vida dependiera de ello. Pero Luna estaba en peligro… y Luna confiaba en ella.
Julia empezó a documentarlo todo: horarios, dosis, reacciones. Observaba a la enfermera. Comparaba frascos en el baño con los del almacén.
Lo peor era la superposición.
Lo que ya debía haberse suspendido seguía utilizándose.
La mansión pareció respirar distinto el día que Richard entró en la habitación de Luna sin avisar y la vio, por primera vez en meses, descansando con calma apoyada en Julia. Agotado y asustado, habló más duro de lo que pretendía.
“¿Qué estás haciendo, Julia?”
Julia se levantó rápido, intentando explicar. Pero Richard, herido y confundido, creyó ver una línea cruzada.
Entonces Luna entró en pánico.
Corrió hacia Julia, se aferró a ella con fuerza y gritó con el miedo de alguien que suplica seguridad:
“Mami… no dejes que él grite”.
El silencio que siguió no fue el silencio habitual de la casa.
Fue revelación.
Richard se quedó inmóvil, dándose cuenta por primera vez de que su hija no solo estaba enferma.
Tenía miedo.
Y no corría hacia él.
Corría hacia Julia.
Esa noche, Richard se encerró en su despacho y abrió el expediente médico de Luna. Leyó línea por línea, despacio, como un hombre que descubre que ha vivido dentro de una mentira.