Los nombres de los fármacos. Las dosis. Las recomendaciones.
Por primera vez, no vio esperanza.
Vio una amenaza.
A la mañana siguiente, ordenó suspender varios medicamentos. Cuando la enfermera preguntó por qué, no respondió. Julia tampoco recibió explicación.
Pero ella notó algo hermoso.
Luna parecía más despierta. Comía un poco más. Pedía un cuento. Sonreía a veces —sonrisas tímidas, frágiles, que dolían por lo preciosas que eran.
Julia sabía que ya no podía cargar la verdad sola.
Tomó un frasco, lo escondió con cuidado y, en su día libre, visitó a la doctora Carla Evans, una amiga que trabajaba en una clínica privada. Carla escuchó sin juzgar y envió el medicamento a un laboratorio.
Dos días después, llegó la llamada.
“Julia”, dijo Carla con firmeza, “tenías razón. Esto no es para niños. Y la dosis… es brutal”.
El informe hablaba de fatiga extrema, daño orgánico, supresión de funciones normales. Esto no era un “tratamiento fuerte”.
Era peligroso.
El mismo nombre aparecía una y otra vez en las recetas:
Dr. Atticus Morrow.
Julia le mostró el informe a Richard. Se lo contó todo —sin dramatismo, con calma. La verdad no necesitaba espectáculo.
El rostro de Richard perdió el color. Le temblaron las manos.
“Confié en él”, susurró. “Me prometió que podía salvarla”.
Lo que siguió no fueron gritos.