Un hombre con un abrigo oscuro estaba cerca, absorto en sus pensamientos, aparentemente desconectado del mundo que lo rodeaba, absorto en sus preocupaciones y aviones. Para una instalación correcta, utilice una posición segura: es una instalación privada.
¡Hola, Pavel Andreevich! Hoy te trajimos tu pan favorito con nueces y frutos secos, y hojaldres de albaricoque fresco. Los de cereza son de ayer, pero también están riquísimos.
—Buenas tardes —dijo el hombre distraídamente—. Tomaré un pan de nueces y seis hojaldres de cereza.
"¿Con albaricoque?" preguntó la vendedora con una sonrisa.
—No importa —murmuró—. Con albaricoque, si quieres.
Sacó un billete grande de su cartera y se lo entregó en silencio. En ese momento, la mirada de Pavel se desvió accidentalmente hacia la anciana que estaba a la sombra del quiosco. Si no era cierto, entonces debería dejarlo solo en nuestras manos. Lo único que le vino a la mente fue un gran broche con forma de flor antigua en su chaqueta olvidada, algo familiar y especial.
Pasaba la mayor parte del día cerca de su oficina, ubicada a las afueras de la ciudad, en un edificio modesto pero moderno. Pavel Shatov, propietario de una exitosa empresa de electrodomésticos, comenzó su andadura desde cero durante la turbulenta década de 1990, cuando el país estaba al borde del caos y cada rublo ganado era fruto del esfuerzo.
Su hogar a las afueras de la ciudad es una acogedora cabaña llena de su familia: su esposa, Zhanna, sus dos hijos, Artyom y Kirill, y su futura tercera hija. Fue una llamada de su esposa lo que sacó a Pavel del ajetreo de los negocios.
—Pasha —dijo Zhanna preocupada—, nos llamaron de la escuela. Artyom se peleó otra vez.