Rosa les habló con una voz que, aunque tranquila, llevaba el peso de años de sacrificio y dolor. Les recordó cada sacrificio que había hecho por ellos, no para hacerlos sentir culpables, sino para que entendieran que una madre no hace esas cosas esperando algo a cambio, pero que tampoco merece ser tratada como basura cuando ya no es útil. les dijo que lo que más le dolía no era haber perdido su casa o estar bajo la lluvia, sino descubrir que los tres seres humanos que ella había traído al mundo y criado con tanto amor habían perdido toda humanidad.
Laura se levantó de su silla e intentó acercarse a Rosa, diciendo entre soyosos que lo sentía mucho, que había sido una cobarde, que la presión de su esposo y sus problemas económicos la habían hecho actuar de manera horrible. Pero Rosa levantó su mano deteniéndola. Le dijo a Laura que las disculpas fáciles no curaban las heridas profundas, que lo siento era apenas el comienzo de un largo camino de redención. si es que realmente querían reconstruir algún tipo de relación con ella.
Eduardo entonces puso sobre la mesa un documento. Era una propuesta de acuerdo. El abogado explicó que Rosa tenía derecho a demandarlos y probablemente ganaría, recuperando su casa y obteniendo compensación adicional por el daño emocional causado. Sin embargo, Rosa había decidido darles una oportunidad de hacer las cosas bien, sin involucrar al sistema legal, pero con condiciones muy claras. La primera condición era que la venta de la casa se revertiría inmediatamente y cada uno de ellos devolvería el dinero que había recibido.
La casa volvería a nombre de Rosa. La segunda condición era que firmarían un documento legal donde se comprometían a pagar una pensión mensual a Rosa para su manutención dividida equitativamente entre los tres. Esta pensión sería supervisada por el abogado para asegurar que se cumpliera. La tercera condición era que cada uno de ellos asistiría a terapia familiar durante al menos 6 meses para trabajar en sus problemas de empatía y valores familiares. Y la cuarta condición era que realizarían trabajo comunitario en un asilo de ancianos durante un año para que aprendieran a valorar y respetar a las personas de la tercera edad.
Carlos protestó diciendo que esas condiciones eran excesivas, que ellos también tenían derechos. Pero Eduardo se inclinó sobre la mesa y con voz dura le dijo que la alternativa era enfrentar un juicio público donde toda la ciudad conocería sus nombres y sus rostros, donde perderían mucho más que dinero, donde sus reputaciones quedarían destruidas permanentemente y donde probablemente enfrentarían cargos criminales. Les dio 10 minutos para decidir. Los tres hermanos salieron de la sala para discutir en privado. Afuera se desató una discusión acalorada.