Carlos culpaba a los otros por haber llegado a esa situación. Laura seguía llorando, diciendo que solo había seguido lo que sus hermanos proponían. Miguel los culpaba a ambos por haberlo presionado a participar, pero finalmente, al darse cuenta de que no tenían otra opción, decidieron aceptar las condiciones. Tenían miedo de las consecuencias legales y del escándalo público que Eduardo claramente tenía el poder de crear. Cuando regresaron a la sala, firmaron el acuerdo con expresiones sombrías. Carlos firmó con rabia, apenas contenida.
Laura firmó mientras lloraba. Miguel firmó con manos temblorosas. Ninguno de ellos miraba a Rosa a los ojos. El abogado recogió los documentos firmados y les informó que tenían una semana para devolver el dinero de la venta de la casa o automáticamente se activarían las cláusulas penales del contrato que acababan de firmar. Antes de que se fueran, Rosa habló por última vez. les dijo que había aceptado darles esta oportunidad, no porque los hubiera perdonado, porque el perdón no se da tan fácilmente después de un dolor tan profundo, sino porque a pesar de todo, una pequeña parte
de ella todavía tenía esperanza de que en algún lugar dentro de ellos quedara algo de las personas que ella intentó criar. les dijo que el resto dependía de ellos, de si realmente querían hacer un cambio o solo estaban actuando por miedo a las consecuencias. Los días siguientes fueron tensos, pero reveladores. Carlos, Laura y Miguel tuvieron que hacer malabares financieros para devolver el dinero que habían recibido de la venta de la casa. Carlos tuvo que pedir préstamos y vender algunos activos de su negocio.
Laura tuvo que sacar a sus hijos de la escuela privada y hacer recortes drásticos en su estilo de vida. Miguel tuvo que vender su auto nuevo y mudarse a un apartamento más pequeño. Cada uno de ellos estaba experimentando las consecuencias reales de sus acciones egoístas. Una semana después, el dinero fue devuelto en su totalidad y la casa volvió legalmente a nombre de Rosa. Eduardo personalmente acompañó a Rosa de regreso a su hogar. Cuando ella cruzó el umbral de la puerta, se arrodilló y besó el suelo de la entrada.
Estaba de vuelta en la casa que había construido con Fernando, la casa llena de recuerdos, la casa que pensó que había perdido para siempre. Eduardo se aseguró de que la casa estuviera completamente abastecida y en perfectas condiciones antes de dejarla instalada. Pero la historia no termina ahí. Durante los siguientes meses, algo interesante comenzó a suceder. Erlos fue el primero en comenzar su trabajo comunitario en el asilo de ancianos. Al principio lo hizo con resentimiento, viéndolo solo como un castigo que tenía que cumplir.