Eran casi las dos de la mañana dentro de la vieja mansión colonial a las afueras del pueblo cuando el silencio se rompió. Un grito agudo y desesperado recorrió los pasillos, resonando en las paredes y provocando escalofríos entre los pocos empleados que aún estaban despiertos. Una vez más, provenía del dormitorio de Leo .
Leo tenía solo seis años, pero sus ojos reflejaban un cansancio indescriptible. Esa noche, como tantas otras, forcejeó con su padre para zafarse. James , un hombre de negocios exhausto, aún con su traje arrugado y profundas ojeras bajo los ojos, sostenía a su hijo por los hombros con una paciencia ya agotada.
—Basta, Leo —espetó con voz ronca—. Duermes en tu cama como un niño normal. Yo también necesito descansar.
Con un movimiento brusco, presionó la cabeza del niño sobre la almohada de seda perfectamente colocada en la cabecera de la cama. Para James, era solo una almohada cara, otro símbolo del éxito que tanto le había costado alcanzar.
Pero para Leo, era algo completamente distinto.
En el instante en que su cabeza tocó la almohada, el cuerpo de Leo se arqueó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Un grito escapó de su garganta; no era una rabieta ni un desafío, sino puro dolor. Sus manos se aferraron, intentando levantar la cabeza mientras las lágrimas corrían por su rostro ya enrojecido
—¡No, papá! ¡Por favor! ¡Me duele! ¡Me duele! —sollozó.
James, cegado por el cansancio y la influencia externa, sólo veía mala conducta.
—Deja de exagerar —murmuró—. Siempre el mismo drama.
Cerró la puerta desde afuera y se alejó, convencido de que estaba imponiendo disciplina, sin notar nunca la figura silenciosa que había presenciado todo.
De pie en las sombras estaba Clara .
Clara era la nueva niñera, aunque todos la llamaban Sra. Clara . Cabello canoso recogido en un sencillo moño, manos curtidas por años de trabajo y ojos que no se perdían nada. No tenía títulos ni oficina, pero conocía el llanto de los niños mejor que la mayoría de los profesionales. Y lo que acababa de oír no era el llanto de una niña malcriada. Era el llanto de alguien que estaba siendo lastimado.
Desde su llegada a la mansión, Clara había notado cosas que otros ignoraban. De día, Leo era dulce y tierno. Le encantaba dibujar dinosaurios y esconderse tras las cortinas para asustarla con su risa tímida. Pero al caer la noche, el miedo se apoderaba de él. Se aferraba a los marcos de las puertas, rogaba no ir a su habitación, intentaba dormirse en cualquier lugar que no fuera su cama: el sofá, la alfombra del pasillo, incluso una silla dura de la cocina.