El nacimiento de Minh
Mi hijo nació un martes lluvioso de septiembre. La partera me hizo sentir su desaprobación con cada instrucción cortante, con cada mirada distante.
Cuando Minh finalmente llegó —pequeño, perfecto, gritando indignado por haber sido arrojado a un mundo tan cruel— sentí que mi corazón se rompía y luego se recomponía a su alrededor.
—Es un niño —dijo la partera, colocándolo sobre mi pecho con muy poca ternura—. Sin un padre que te cuide… morirás de hambre. Lo miré; los ojos de su padre se clavaron en mí, e hice una promesa que me acompañaría durante diez años:
—No moriremos de hambre. No lo permitiré.
—¿Cómo lo llamarás? —preguntó mi madre.
—Minh —dije—. Luz. Porque un día la verdad saldrá a la luz. Un día lo entenderán.
—¿Entender qué, hija mía?
—Que Thanh no nos abandonó. Que algo sucedió. Que nos amamos, aunque solo fuera por un instante.
### Una década de supervivencia
Los años siguientes fueron los más difíciles. Mis padres ayudaron en lo que pudieron. Mi padre murió cuando Minh tenía tres años; la vergüenza lo había consumido, decían.
Mi madre resistió hasta que Minh cumplió siete años. —Cuídalo —susurró. «No dejes que el pueblo lo destruya como intentaron destruirte a ti».
Tras su muerte, solo quedábamos Minh y yo contra el mundo.