Las preguntas que encendieron las alarmas
Isabel preguntaba, con una sonrisa calibrada:
—Ya decidió qué hará con la casa de Valle de Bravo?
—Las rutas de transporte siguen a su nombre?
—¿Tiene una póliza de seguro de vida considerable?
—¿Ya tiene definida su estrategia de herencia para Leonardo?
La primera vez lo atribuí una curiosidad. La segunda, una imprudencia. La tercera vez, una alarma ensordecedora subió a mi cabeza.
Pero Leonardo estaba enamorado, y un hombre enamorado es ciego, sordo e inmune a cualquier advertencia.
La visita de Sofía y el límite cruzado
Dos meses antes de la boda, Isabel llegó a mi casa acompañada de su madre, Sofía Montes.
Una mujer de unos 55 años, esbelta, con un rostro endurecido por la ambición. Llevaba gafas de sol dentro de mi casa y olía a perfume caro y desdén.
—Don Mateo —dijo sentándose en mi sofá sin esperar invitación—, necesitamos hablar del futuro de nuestros hijos.
Habló sin rodeos de expectativas, responsabilidades y herencias. Me habló como si yo ya no existiera.
Cuando le dije que ese tema no estaba abierto a discusión, sonrió con frialdad.
—Usted es un hombre mayor. La vida es impredecible. Sería prudente dejar todo claro.
Las eché de mi casa.
Esa noche llamé a Leonardo y le conté todo. Esperaba su indignación. Su apoyo.
Se rió.