El gas
El mareo llegó de golpe. Una presión en la cabeza, un sueño pesado, antinatural. Caminé tambaleándome hasta el armario donde estaba la bombona de gas.
En cuanto abrí la puerta, escuché el siseo.
El regulador estaba torcido.
Intenté ajustarlo, pero mis manos temblaban. Las piernas dejaron de responderme. Caí al suelo de la cocina, con el corazón desbocado y la vista oscureciéndose.
Pensé en Leo.
Pensé que no iba a poder salvarlo.
Leo se levanta
Entonces escuché ruedas.
Luego pasos.
Pasos firmes.
Alguien se inclinó sobre la bombona. Manos rápidas, seguras. El regulador fue arrancado y el siseo cesó.
Forcé los ojos.
Era Leo.
De pie.
Sin saliva. Sin cuello torcido. Con la mirada clara, alerta, adulta.
—No grites —susurró—. Aguanta la respiración. Papá quería matarnos hoy.
El aire volvió a mis pulmones como un golpe brutal. Tosí, lloré, me aferré al suelo.
Y la realidad se rompió.