De repente, las velas parpadearon con más intensidad y oí un suave susurro, casi como una respiración. No provenía de Lily, sino del mismo pasillo. Sentí que alguien nos observaba, alguien cerca. Lily se apretó aún más contra su padre, y entonces lo comprendió: percibía algo que los adultos no percibían.
"Él siempre está ahí", dijo Lily. "Y estamos destinados a estar juntos".
De repente, Rebecca rompió a llorar. Me volví hacia ella. Parecía destrozada, temblando, pero en sus ojos se reflejaba una mezcla de miedo y reconocimiento: se dio cuenta de que Lily veía cosas que los adultos no podían ver.
—No lo sabía... —susurró Rebecca—. No quería que...
"Ella lo entiende", dije con severidad. "Tú también deberías entenderlo".
Y de repente, Lily se levantó lentamente. Soltó la manga de su padre y nos miró. No había timidez infantil en sus movimientos, solo determinación.
"Tenemos que volver a casa", dijo en voz baja, pero con seguridad. "Pero él estará con nosotros".
Asentimos en silencio. No era una orden, sino el reconocimiento de una verdad que cada uno sentía a su manera. Abracé a Lily y ella ya no se resistió.
De camino a casa, las calles estaban vacías; solo las farolas proyectaban una tenue luz sobre el asfalto mojado. Lily me sujetó la mano con fuerza, pero con calma. Comprendí que este era el momento que nos cambiaría a todos para siempre.
Cerramos la puerta de casa, pero la presencia de mi padre aún persistía en la habitación. Lily colocó la fotografía en el estante junto a la cama y dijo:
- Él está cerca, siempre.