Rebecca se quedó paralizada, con los ojos llenos de lágrimas. Abrió la boca como para protestar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. De repente, todo a su alrededor pareció congelarse. El aire se volvió más denso, casi tangible, y sentí que algo cambiaba en esta casa, en este pasillo.
—Puede oírlo —susurró Rebecca—. Le está... le está hablando.
Miré a Lily. Sus labios se movían de nuevo, apenas audibles, como el susurro de una cuerda delicada. No distinguía las palabras, pero sentí que eran importantes. Ella escuchaba, como si captara cada respiración, cada movimiento. Y entonces comprendí: esto no era un juego, ni un capricho, ni la fantasía de una niña. Lily estaba conectada con su padre por algo que trascendía la comprensión común.
Mi corazón empezó a latir más rápido. Algo en esta visión me heló la sangre. Y entonces, como si fuera una señal, las velas empezaron a parpadear con más intensidad, y un viento frío sopló por el pasillo, haciendo crujir los bancos vacíos. Me acerqué, sujetando instintivamente la mano de Lily. No se resistió.
«Tengo que saberlo», me dije en voz baja. «¿Qué siente? ¿Qué entiende?».
En ese momento, Lily se pegó aún más al ataúd y levantó la cabeza de repente. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, no de miedo, sino de comprensión, de una claridad asombrosa. Me miró y dijo en voz baja, con voz serena:
- Él está aquí...está conmigo.
Me quedé paralizado. Las palabras de la chica sonaron tan convincentes que no me cupo ninguna duda: no era fantasía, ni miedo. Las oí yo mismo: silenciosas, casi invisibles, como una respiración.
“¿Puedes… puedes oírlo?” pregunté, y Lily asintió.