La recuperación fue dura. Alejandro despertó sin recordar quién era. No sabía de fortunas ni de empresas. Pero recordaba una sensación clarísima: no estaba solo.
Lucía era el punto fijo en su mundo desordenado.
—¿Usted es mi papá? —preguntó un día, con inocencia.
Alejandro sonrió con dolor.
—No… pero… —y la garganta se le cerró— pero me salvaste como si lo fueras.
Con el tiempo, la memoria regresó en oleadas: nombres, rostros, traiciones. Recordó el accidente, la noche en que su auto fue embestido en carretera, los informes confusos. Recordó discusiones con socios. Recordó a Héctor, demasiado interesado en “ayudar”.
Y cuando por fin entendió la magnitud de lo que había perdido… también comprendió lo que había ganado.
Alejandro pidió ver a un abogado. A uno nuevo, no de la empresa. Uno recomendado por Daniela, sin vínculos.
Cambió testamentos.
Cerró empresas que habían crecido a costa de abusos.
Reabrió una fundación que llevaba años archivada.
Y tomó una decisión que nadie esperaba.
Una tarde, cuando Lucía estaba en la habitación dibujando otra casa con un árbol enorme, Alejandro la llamó con la mano.
—Lucía… ven tantito.
La niña se acercó, con esa calma extraña que parecía más antigua que su edad.
—¿Te acuerdas de tu dibujo? —preguntó Alejandro.
—Sí. Mi casa.
Alejandro respiró hondo.