—Quiero cumplirlo… pero contigo de verdad. Si tú quieres… yo quiero ser tu familia.
Lucía lo miró largo. Sus ojos no brillaron de inmediato. Primero, dudaron. Porque los niños que han sido abandonados no se emocionan rápido: primero se protegen.
—¿Y si usted se va? —susurró.
Alejandro sintió que algo se le apretaba en el pecho.
—Entonces… me regañas desde el cielo —dijo con una sonrisa triste—. Pero no me voy, Lucía. No otra vez.
Lucía apretó sus labios, como conteniendo una emoción enorme en un cuerpo chiquito.
—¿De veras?
—De veras.
Y por primera vez, la niña se lanzó a abrazarlo como si su vida dependiera de ese abrazo.
—Entonces sí —murmuró—. Sí quiero.
Alejandro lloró sin vergüenza.
La mansión en Las Lomas volvió a abrirse, pero ya no olía a museo.
Olía a chocolate caliente, a crayolas, a pan dulce y a vida.
Las paredes se llenaron de dibujos torcidos. El comedor, que antes parecía sala de juntas, ahora tenía manchas de jugo y risas torpes.
Alejandro aprendió a hacer tareas con Lucía, aunque no entendiera nada de matemáticas de primaria. Aprendió a peinarla con paciencia. Aprendió a escuchar sin interrumpir.
Y Lucía, poco a poco, dejó de dormir con el miedo de que la regresaran al orfanato.
Héctor intentó pelear la adopción. Intentó ensuciar el nombre de Daniela. Intentó decir que Lucía “manipulaba” a Alejandro.
Pero Alejandro ya no era el hombre que firmaba sin mirar.