El millonario estuvo en coma durante tres años… hasta que una niña huérfana hizo algo inesperado.

 

 

 

Y, sobre todo, había visto a Lucía.

Lucía, que no tenía nada, estaba siendo lo único que mantenía a Alejandro unido al mundo.

El día que Alejandro abrió los ojos, nadie se dio cuenta de inmediato.

Fue un amanecer gris. El cielo estaba sin ganas. Lucía estaba sentada a su lado coloreando una hoja. Daniela revisaba papeles al pie de la cama.

Y entonces Alejandro parpadeó, largo. Como si el peso del sueño le costara.

Volvió a parpadear.

Luego, su mirada se movió, lenta, buscando algo.

Lucía levantó la vista del dibujo, con la calma de quien no se asusta fácil.

—Hola —dijo, como si lo hubiera estado esperando toda la vida—. ¿Ya descansó?

Alejandro intentó hablar. Solo salió aire.

Sus labios temblaron.

Hasta que, con un hilo de voz, pronunció su primera palabra.

No fue un nombre.

No fue una pregunta.

Fue:

—Gracias…

Y sus ojos se quedaron en Lucía.

En la niña que había sostenido su mano cuando nadie más quería.

 

 

 

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