Mientras recorrían la casa, Eusebio no dejaba de hablar de sus otros hijos, de lo “bonitos” que eran, de lo “perfecta” que era su familia.
Llegaron al salón principal.
—Esta casa fue diseñada para una familia… para una familia elegante—presumió Eusebio, hinchando el pecho.
Ángela se detuvo frente a un viejo retrato de Eusebio y Verónica, jóvenes y vanidosos.
—Tengo entendido que tienen más hijos, ¿verdad? —preguntó Ángela, con un tono casual que escondía la tormenta.
Verónica, que había estado silenciosa, respondió:
—Sí, dos varones y una chica… muy bellos, gracias a Dios. Tuvimos una bebé hace muchos años, pero… murió al nacer. Fue una gran pena.
Ángela asintió. Ese era el momento. La verdad era que no había olvidado. Pero su venganza no sería la destrucción, sino el recuerdo.
Sacó un sobre de su bolso y lo puso sobre la mesa de mármol. No era la oferta de compra. Era una fotografía antigua y borrosa.
La foto mostraba a Don Hilario, el pepenador, sentado en su triciclo, acunando a una bebé envuelta en un costal viejo. La cara de la bebé estaba borrosa, pero el costal era inconfundible.
—Es una foto curiosa, ¿no creen? —dijo Ángela.
Eusebio tomó la foto. Sus manos temblaron de manera incontrolable. El costal. El río. El fantasma de la bebé.
Verónica soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca.