—¿Quién… quién es usted?—tartamudeó Eusebio, el pánico devolviéndole la voz de aquella noche de tormenta.
Ángela no respondió a la pregunta con su nuevo nombre. Solo sacó un pequeño amuleto de jade de su collar, el que Don Hilario le había regalado.
—Mi padre adoptivo, Don Hilario, siempre me dijo que la belleza verdadera estaba en el corazón. Y que un día, todos se sorprenderían conmigo.
Caminó hacia la salida, dejando la foto sobre la mesa. Su mirada se encontró con la de Eusebio, una mirada que no era de odio, sino de profunda tristeza y compasión.
—La casa es mía. La compré. Pero quiero que sepan por qué la compré.
Sacó de su bolso un documento oficial y lo dejó junto a la foto. No era la escritura de compra. Era el certificado de fundación de una clínica de reconstrucción facial y ayuda a niños con deformidades congénitas en Iztapalapa. En el epígrafe se leía: “Clínica Ángela, el Ángel del Río Bravo.”
—Usaré esta mansión, su mansión de $10 millones, para alojar a los niños y a sus familias mientras reciben tratamiento en mi nueva clínica en México. Los niños que ustedes temieron. La desgracia que ustedes rechazaron, se convertirá ahora en su legado.
Eusebio cayó de rodillas. Verónica lloraba sin control.
—¿Por qué no nos mataste? ¿Por qué?—gimió Eusebio.
—No vine a matar el dolor. Vine a sanarlo. Ustedes me arrojaron al río, pero el amor me sacó. Y el amor siempre vence a la vanidad.
Salió de la mansión, dejando atrás a sus padres biológicos, rotos no por la pobreza, sino por el peso de su propia maldad y la inmensidad del perdón que no merecían. Ángela, la niña a la que llamaron “monstruo”, se convirtió en la reina más grande de Monterrey, no por su riqueza, sino por su corazón.