Sus negocios habían decaído. Eusebio, ahogado en deudas, tuvo que poner en venta el activo más preciado de su vanidad: la majestuosa mansión familiar.
Ángela se enteró del anuncio por casualidad, a través de sus contactos en México.
La venganza de Ángela no iba a ser un escándalo público. Iba a ser una lección silenciosa, medida y profunda.
La Venganza del Ángel
Ángela aterrizó en la Ciudad de México con la discreción de una espía. Su primer destino no fue la mansión, sino la casita de Iztapalapa.
Don Hilario, frágil y sonriente, la recibió.
—Mi niña… ¡Qué hermosa estás!—dijo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Papá, ya no vivirá más aquí. Es hora de cumplir mi promesa—dijo Ángela, entregándole las llaves de un hermoso y pequeño departamento que le había comprado. Pero la misión no terminaba ahí.
El día de la visita a la mansión, Ángela llegó puntual, vestida con un traje de diseñador, con la actitud fría y profesional de una inversora global. Se presentó como “Dra. Ángeles Torres, compradora potencial.”
Eusebio y Verónica, envejecidos por la preocupación y el rencor, la recibieron con la reverencia que solo el dinero les inspiraba. No podían dejar de mirarla. Ángela, con su belleza serena y sus ojos profundos, era la antítesis de la desgracia que habían temido.
—Es una propiedad impresionante, señor Montenegro—dijo Ángela, su voz firme, con un acento que era una mezcla perfecta de sofisticación y calidez.